La Agencia Internacional de la Energía (IEA, por sus siglas en inglés) ha advertido de que las cadenas de suministro de tecnologías energéticas críticas siguen presentando importantes riesgos estructurales derivados de su alta concentración geográfica. Así lo recoge la última edición del informe ‘Energy Technology Perspectives 2026 (ETP-2026)’, que subraya la necesidad de reforzar la resiliencia y la competitividad industrial en un contexto de rápida electrificación global.

El análisis concluye que tecnologías como los vehículos eléctricos, las baterías o los equipos de energías renovables dependen en gran medida de un número reducido de países, con China dominando entre el 60% y el 85% de la capacidad de producción en distintas etapas de la cadena. Según la IEA, esta concentración difícilmente se modificará antes de 2030, dadas las inversiones ya comprometidas y la evolución actual del mercado.
Riesgos sistémicos en la cadena de suministro
Una de las principales novedades del informe es la incorporación de un análisis de seguridad N-1, que evalúa el impacto de la desaparición del principal proveedor global en cada eslabón de la cadena. Aunque en fases finales de fabricación la producción fuera del líder podría cubrir gran parte de la demanda, el estudio detecta que todas las cadenas analizadas presentan al menos un cuello de botella crítico: en determinadas etapas, menos del 25% de la demanda podría satisfacerse sin el principal fabricante.
Las implicaciones económicas de estas vulnerabilidades son significativas. Una interrupción de un mes en las exportaciones chinas de baterías podría reducir la producción global de vehículos eléctricos en unos 17.000 millones de dólares, con especial impacto en Unión Europea. En el caso de la energía solar, un escenario similar recortaría en torno a 1.000 millones de dólares la producción mensual de módulos fotovoltaicos fuera de China, afectando especialmente a mercados emergentes en Asia.
El informe proyecta que el mercado global de tecnologías energéticas podría pasar de cerca de 1,2 billones de dólares en la actualidad a aproximadamente 2 billones de dólares en 2035 bajo políticas actuales, e incluso alcanzar los 3 billones de dólares si se implementan los compromisos anunciados por los gobiernos.
Tecnologías emergentes y competitividad global
En paralelo, el crecimiento se extiende a tecnologías emergentes. La inversión en hidrógeno de bajas emisiones aumentó un 80% interanual en 2025, impulsada por un mayor respaldo político y modelos de negocio más definidos. Asimismo, la captura, utilización y almacenamiento de carbono (Ccus) continúa avanzando, aunque muchos proyectos siguen pendientes de decisiones finales de inversión.
El comercio internacional mantiene un papel central en este ecosistema. Tras la caída registrada en 2024, el valor del comercio global de tecnologías energéticas repuntó en torno a un 10% en 2025. En este contexto, China consolidó su posición dominante, con exportaciones que superaron los 165.000 millones de dólares, equivalentes a cerca del 15% de su superávit comercial total.
Desde el punto de vista de costes, la IEA identifica factores diferenciadores según la tecnología. En baterías, la eficiencia manufacturera y la automatización explican más del 40% de la ventaja competitiva china frente a Europa. En el caso de la energía eólica y solar, variables como el coste energético y laboral siguen siendo determinantes, representando hasta el 75% de las diferencias en ciertos componentes.
Finalmente, el informe destaca que el acceso a energía renovable competitiva podría redefinir la competitividad industrial en sectores intensivos en energía como el acero o el aluminio. En particular, la producción de acero basada en hidrógeno podría alcanzar paridad de costes con los métodos convencionales en grandes economías industriales bajo condiciones favorables.
En conjunto, la IEA concluye que reforzar la diversificación, la innovación tecnológica y el acceso a energía asequible será clave para garantizar tanto la seguridad energética como la estabilidad económica en la transición hacia un sistema energético electrificado.